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achiaramello
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Lavado caliente
Me encuentro con un amigo en la calle; hace mucho que no lo veo, le pregunto cómo está y me dice:
—Uh, boludo. Si te cuento lo que me pasó ayer a la tarde, te morís.
Le doy una mirada distraída a la hora en el celular y tomo aire antes de sonreír con cara de “mirá cómo me intereso”.
—Había ido a lavar el auto, ¿viste? —empieza—. Lo tenía hecho un chiquero, lleno de papelitos y esas boludeces que se te van juntando.
—Ajá.
—La cosa es que estoy en el lavadero pelando un caramelo con una cara de pelotudo bastante importante, cuando la mina que tengo al lado me dice: “después de los miradones que me pegaste, lo que menos podrías hacer es convidarme uno de esos”.
—¿Quién era la mina?
—Pará, pará. La mina era una colorada, cuarentona pero muy entera. Todo gambas, ¿viste? Así los gambones con unas calzas negras y unos zapatos de taco alto. Floja de tetas, pero muy gato con la ropa, ¿no? Como para salir a una fiesta.
—¿En un lavadero?
—Sí. Yo la había estado fichando porque cuando entró casi nos quebramos el cuello todos los tipos que había ahí. Imaginate estos guasos que lavan y que son pura hormona: todos empapados, las manos llenas de jabón y silicona. Un quilombo la mina; no sabés qué-min-na —dijo haciendo subir y bajar un anillo improvisado con dos dedos.
—Mirá vos.
—Eso no es nada. La cosa es que había un despelote bárbaro de autos por todos lados, así que yo me había alejado un poco hasta la salida, donde hay una banqueta tipo de plaza…
—Un banco.
—Sí, una banqueta. Y estaba ahí sentado pelando el caramelo como un pelotudo cuando se me vino la mina. Ahí nomás le di un caramelo y empezamos a charlar. Y la empiezo a agitar, ¿no? Al toque me doy cuenta que hay clima porque te digo que nos caía la lluviecita de las mangueras con las que lavan y parecíamos una propaganda de celulares, todo muy romántico. Yo arranco tirándole con todo: “cómo no querés que te mire si andás con semejantes gambas al aire”, le digo. Y le empiezo a elogiar los trapos, ¿no? Que qué lindos zapatos, que qué linda cartera, ¿viste? Y la mina me sonríe, se hace la boluda, pero le cazo al vuelo que empieza a morderse el labio de abajo y a ficharme bien; me ficha las manos, las rodillas, los brazos, el mentón, el naso… ¡Imaginate!
—¿Las rodillas?
—Sí, boludo. A las minas las vuelven locas las rodillas de los chabones. Lo mismo pasa con la nariz, que si sos narigón como papá —dijo llevándose la punta de los dedos al pecho—, seguro que tenés una poronga como para voltear una cebra.
Me toqué la nariz, pensé en mis rodillas y asentí.
—Yo ya me la veía venir y estaba haciendo cálculos. Eran las cinco de la tarde y tenía que volver a casa, así que el marote lo tenía como una oficina llena de negros inventando excusas para justificar lo que viniera. Y de bien que estábamos, la mina me pone una mano en la gamba y me dice “te acompaño hasta la cochera de la vuelta”.
—¿Para qué iban a la cochera? —pregunté confundido.
—Para dejar mi auto, pelotudo. Nos íbamos a un mueble (idea de ella, ¿no?) y era al pedo salir en caravana; muy sospechoso. No sabés lo desesperada que estaba la flaca.
—Me imagino.
—Ya cuando estuvimos solos en el auto me empezó a contar que el marido era un pelotudo, que no le daba bola y que ella se sentía una pendeja traviesa, que todavía se sentía una mina joven y con mucho para disfrutar y que por eso aprovechaba zarparse con alguna historia como ésta de vez en cuando.
—Ajá.
—Y yo, qué querés que te diga, iba al palo escuchándola hablar todas esas boludeces, lo único que me imaginaba era ponerme esos gambones de bufanda, morderle los hombritos, olerle el perfumito. ¡No sabés el olorcito que tenía la mina! —hizo una pausa, miró para los costados y retomó con tono intimista—: Pero igual yo estaba con una sensación rara, ¿no? Sentía como que había algo que me jodía un poco y no sabía qué era.
—Era una cámara oculta.
—No, boludo. En serio. Yo miraba el auto y dudaba, ¿viste? Pero no me di pelota y nos internamos en un mueble igual.
—¿Cuánto cuesta un mueble hoy en día?
—No sé, boludo. ¿Podés creer que pagó ella?
—Qué bárbaro. No te puedo creer.
—Sé. La cuestión es que la mina se empieza a poner en pelotas y me empieza a arrancar la ropa a mí con los dientes, ¿no?
—Ajá.
—… y lo primero que hago es: la doy vuelta, la pongo cara contra la pared y le bajo las calcitas. ¡Vos no sabés lo que era ese culo! Duro como el culo de un pony. Después la mina me dijo que hacía Pilati, que por eso lo tenía así.
—Pilates —corregí.
—Esa mierda, sí. Ni sé qué es.
—Es como culear con un fantasma en una cama de una plaza que se mueve como si estuviera embrujada. Con cuerdas.
—Bueno, da igual. La cosa es que la mina estaba firme, ¿no? Y lo primero que hago es tirarla arriba de la cama y me le pongo a lo perrito. ¡Papá! —dijo juntando las manos en un rezo pagano con los ojos en blanco—. La mina me gritaba: “qué bien cogés, papito” y yo hasta le ladraba, no sabés.
—Pero ¿vos cogés bien?
—Wá cogé bien. Doy ocote, pero se ve que la mina estaba sacada, ¿viste?
—O drogada.
—No sé. Lo único que te puedo decir es que la flaca peló un pizarrón y me dio cátedra. Le gusta mucho coger. No me largaba. Y yo viste que dejé de fumar hace tres meses, ¿no?
—No sabía.
—Sí. Así que ando como con una polenta que no sabés lo que es. Me sobra el aire. Lo noto mucho en que me levanto a la mañana hecho una lechuguita, y que ahora te puedo echar dos polvos al hilo sin pestañear. Antes los tenía que fingir.
—¿Fingir qué?
—Los polvos. Yo era de los que fingían los polvos, que decían: “listo, terminé”, pero era que si no cortaba me infartaba, ¿no?
—Ajá.
—Todavía falta la mejor parte —me dijo guiñándome un ojo.
Hacía calor, un día de mierda, pesado, vaporoso. Levanté las cejas y torcí la boca, dándole la venia para que me pateara el penal.
—En un momento le suena el teléfono…
—Era el marido —dije.
—¡Sí!
—Ya me parecía.
—Y la empiezo a escuchar a la mina que habla, ¿no? Tenemos puesto el televisor en el mueble y hay un montón de gente garchando en la pantalla y la mina habla con el marido mientras me la agarra con la mano.
—Una chica dúctil.
—Y en eso escucho que la mina le dice: “todavía me falta comprar los mariscos para el viernes”.
Mi amigo se queda con la boca abierta como queriendo contagiarme con el suspenso, pero no entiendo qué mierda tienen que ver los mariscos con la mina y el marido.
—Yo el viernes, o sea mañana —empieza a explicarme él—, estoy invitado a comer paella a lo de mi jefe.
—La mina es…
—¡La jermu de mi jefe, boludo!
—Increíble —digo.
—Sí. Y después de eso nos echamos dos polvos más. Insaciable, la mina.
—Pobre tu jefe.
—Que se joda —dice barriendo el aire con la mano.
Se ha hecho un silencio incómodo y fugaz, así que aprovecho para ensayar una despedida, pero él me gana de mano con su pregunta oportuna:
—¿Y vos? ¿En qué andás?
—Y acá estamos —digo mientras rebusco en mi anecdotario algún asesinato, algún contacto extraterrestre, cualquier cosa que no me haga parecer tan chato al lado del peliculón que se ha contado este pajero—. De cuarentena post parto.
—Uh. Bajón.
—No sé —digo antes de despedirme—. No es tan grave como lo pintan…
Fuente: un mail


